Chapter 9
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con mi Ingenuidad , y mis promesas , quedaron sus co- razones mas tratables. Yo cené con sabroso apetito á las diez dé la noche ; y á esta hora empezáron los la- cayos á sacar las camas de las habitaciones de los cria- dos , las que tendían en un salón , donde se acosta- ba todo el monton de familiares , para sufrir sin tanto horror con los alivios de la sociedad el ignorado ruido que esperaban. Capitulóse á bulto éntrelos tímidos y los Inocentes á este rumor por juego , locura y éxer- ciclo de duende , sin mas causa que haber dado la ma- nía , la precipitación ó el antojo de la vulgaridad este nombre á todos los estrépitos nocturnos. Apiñaron en el ^alon. catorce camas , en las que se fuéron mal me- tiendo personas de ambos sexos y de todos estados. Cada uno se fué desnudando y haciendo sus menesteres indispensables con el recato , decencia y silencio mas posible. Yo me apoderé de una silla , puse á mi lado una hacha de quatro mechas , y un espadón cargado de orín ; y sin acordarme de cosa de esta vida , ni de la otra , empecé á dormir con admirable serenidad. A la una de la noche resonó con bastante sentimiento el en- fadoso ruido : gritaron los que estaban empanados en el pastelón de la pieza : desperté con prontitud y oí unos golpes bagos , turbios y de dificultoso examen en dife- rentes sitios de la casa. Subí , favorecido de mi luz y de mi espadón , á los desvanes y azoteas , y no encon- tré fantasma , esperezo ni bulto de cosa racional. Vol- viéron á mecerse y repetirse los porrazos : yo torné á examinar el parege donde presumí que podían tener su origen , y tampoco pude descubrir la causa , el naci- miento , ni el actor. Continuaba de quarto en quarto de hora el descomunal estruendo; y en esta alternativa duró hasta las tres y media de la mañana. Once dias es- Parte 1. _ K . tu-
74 Vida ^ ascendencia^ crianza^ é^c, tuvimo'i escuchando y padeciendo á las mismas horas los tristes y tonitruosos golpes ; y cansada su Excelen- cia de sufrir el ruido , la descomodidad y la vigilia, tra- tó de esconderse en el primer rincón que encontrase vacio , aunque no fuese abonado á su persona , gran- deza y familia dilatada. Mandó adelantar en vivas di- ligencias su deliberación ; y sus criados se pusiéron en una precipitada obediencia , ya de reverentes , ya de horrorizados con el suceso de la última noche que fué el que diré.
Al prolixo llamamiento , y burlona repetición de unos pequeños y alternados golpecillos que sonaban so- bre el techo del salón donde estaba la tropa de. los atur- didos , subí yo, como lo hacia siempre , ya sin la es- pada , porque me desengañó la porfia de mis inquisi- ciones, que no podia ser viviente racional el artífice de aquella espantosa inquietud 3 y al llegar á una crugía, que era quartel de toda la chusma de librea , me apa- garon el hacha , sin dexar en alguno de losquatro pávi- los una morceña íe luz , faltando también en el mismo instante otras dos que alumbraban en unas lamparillas en los extremos de la dilatada habitación. Retumbaron, inmediatamente que qiwdé en la obscuridad, quatro golpes tan tremendos, que me dexó sordo, asombrado y fuera de mí lo Inegular y desentonado de su ruido. En las piezas de abaxo correspondientes á la crugía , sedes- prendiéron en este punto seis quadros de grande y pe- sada magnitud 5 cu) a historia era la vida de los siete In- fantes de Lara, dexando en sus lugares las dos argollas de arriba y las dos escarpias de abaxo , en que estaban pendientes y sostenidos. Inmóbil y sin uso en la len- gua me tiré al suelo; y ganando en quatro pies las dis- tancias , después de largos rodeos pude atinar con la es-
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calera. Levanté mi figura ; y aunque poseído del hor- ror , me quedó la advertencia para baxar á un patio , y en su fuente me chapucé y recobré algún poco del so- bresalto y el temor. Entré en la sala, vi á todos los con- tenidos en su ojaldre abrazados unos con otros , y ere* yendo que les había llegado la hora de su muerte. Supli- qué á la Excelentísima que no me mandase volver á la solicitud necia cié tan escondido portento ; que ya no era buscar desengaños , sino desesperaciones. Así me lo concedió su Excelencia , y al dia siguiente nos muda- mos á una casa de la Calle del Pez, desde la de Foncarral, en donde sucedió esta rara , inaveriguable y verdadera historia. Dexo de referir ya los preciosos chistes , y los risibles sustos que pasaron entre los medrosos del sa- lón , y ya las agudezas y las gracias que sobre los asun- tos del espanto y la descomodidad se le ofreciéron á Don Eugenio Gerardo Lobo , que era uno de los encamina- dos en aquel hospital del aturdimiento y el espanto : y paso á decir , que su Excelencia y su caritativa y afable familia se agradáron tanto de mi prontitud, humildad y buen modo (fingido ó verdadero) que me obligáron á quedar en casa , ofreciéndome su Excelencia, la comi- da , el vestido , la posada , la libertad , y lo mas apre- clable, las honras y los intereses de su protección. Acep- té tan venturoso partido , y al punto partí á rogar á mi Clérigo contrabandista que me soltase la palabra que le habia dado de ser compañero en sus peligrosas aventu- ras , porque rae prometía mas seguridad esta convenien- cia , mas honor y mas duraciones que, las de sus fatales derrumbaderos. Consintió pesaroso a mi instancia : él se fué á sus desdichados viajes ; y en uno de ellos lo agarró una Ronda que le puso el cuerpo por muchos años en el Castillo de San Antón : yo me quedé en la casa de es-
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76 Vida , ascendencia , crianza , (d^c» ta Señora quieto , honrado , seguro y dando mil gra- cias á Dios que por el ridículo instrumento de este duende ó fantasma ó nada , me entresacó de la melancólica miseria y de las desventuradas imagina- ciones en que tenia atollado el cuerpo y el espíritu. Es- tuve en esta casa dos años , hasta que su Excelencia ca- só con el Excelentísimo Señor Don Vicente Guzman, y fué á vivir á Colmenar de Oreja. Yo pasé á la del Se- ñor Marques de Almarza , con el mismo hospedage , la misma estimación y comodidad ; y en estas dos casas me hospedé solamente después que me echó el duende del angustiado casaróñ de la calle de la Paloma. Vi- vía entretenido y retirado , leyendo las materias que se me proporcionaban al humor y al gusto , y escribía al- gunos papelillos, que se los tiraba al público para ir re- conociendo la buena ó mala cara con que los recibía. Pa- sáron por mí estos , y otros sucesos ( que es preciso ca- llar ) por el año de mil setecientos y veinte y tres y veinte y quarto: y habiendo puesto en el pronóstico de éste la nunca bien llorada muerte de Luis Primero, quedé acreditado de Astrólogo de los que no me co- nocían , y de los que no creyéron y blasfemaron de mis Almanaques. Padeció esta prolacion la enemistad de muchos majaderos , ignorantes de las lícitas y pru- dentes conjeturas de estos prácticos y prodigiosos artifi- cios y observaciones de la Filosofía , Astrología y Me- dicina. Unos quisiéron hacer delinqüente al pronóstico, c infame y mal intencionado al autor , otros voceaban que fué casualidad lo que era ciencia y antojo volunta- rio , lo que fué sospecha juiciosa y temor amoroso y re- verente ; y el que mejor discurría , dixo que la predic- ción se había alcanzado por arte del demonio. SaJiéron papelones contra mí \ y entre la turba se entremetió el .
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Médico Martin Martinez con s\x juicio final de ¡a Metro- logía , haciendo protector de’su escrito al Excelentísimo Señor Marques de Santa Cruz : Yo respondí con las Conclusiones d Martin , dedicadas al mismo Excelentí- simo Señor , y otros papeles que andan impresos en mis obras, y quedó si no satisfecho , con muchas señales de arrepentido. Serenóse la conjuración , despreció el vul- go las necias é insolentes sátiras, y salí de las uñas de los maldicientes sin el menor araño en un asunto tan triste, reverente y expuesto á una tropelía rigurosa. Quedamos asidos de las melenas Martin y yo ; y deshaciéndome de sus garras , salí con la determinación de visitar sus en- fermos y escribir cada semana para las gazetas , la his- toria de sus difuntos. Vióse perdido, considerando mi desahogo , mi razón y la facilidad con que impresiona- ría al público de los errores de su práctica , en la que le iba la honra y la comida. Echóme empeños, pidió per- dones : yo cedí, y quedamos amigos.
Vino á esta sazón á ser Presidente del Real Consejo de Castilla el llustrísimo Señor Herrera , Obispo de Si- .güenza ; y aficionado á la soltura de mis papeles y á lo extraño de mi estudio ; ó lastimado de mi ociosidad y de lo peligroso de mis esparcimientos , mandó que me llevasen á su casa ; y en tono de premio , de cariño y ordenanza, me impuso el precepto de que me retirase á mi pais á leer á las Cátedras de la Universidad , y que volviese á tomar el honrado camino de los estudios. Dí- xome que parecía mal un hombre ingenioso en la Cor- te , libre , sin destino , carrera -, ni empleo y sin otra Ocupación que la peligrosa de escribir inutilidades y bur- las para emborrachar al vulgo. Predicóme un poco, po- niéndome á la vista su desagrado y mi perdición : y me remató la plática con el pronóstico de una ruin y des- een-
Yidt^ ascendencia^ crianza^ c. consolada vejez , si llegaba á ella , porque la fama , la salud y el buen humor se cansarían ; y á buen librar me quedaba sin mas arrimos que una muleta y una mala capa, expuesto á los muchos rubores y escaso alivio que produce la limosna. Medroso á su poder , asustado del posible paradero en una mala ventura , y resentido de perder la alegre y licenciosa vida de la Corte , prometí la restitución á mi patria, y oponerme á qualquiera de las siete Cátedras raras , que entonces estaban todas va- vacantes , por hallarme sin medios , ni modo para se- guir las eternas oposiciones de las otras. Dióme muchas gracias , muchas honras y muchas promesas con su fa- vor y su poderío : besé su mano , me echó su bendición, y partí de sus pies asustado y agradecido , triste y te- meroso , impaciente y cobarde ; y finalmente lleno de sustos , confusiones y esperanzas. Los nuevos sucesos, acciones y aventuras que pasaron por mí en la nueva vi- da , á que me sujeté en Salamanca , lo verá en el si- guiente y penúltimo trozo de ella el que no esté cansa- do de las insipideces de esta lección.
TROZO QUARTO
De la vida de Don Diego de Torres , que empieza des-i de los treinta, años hasta los quarenta poco mas
ó menos,
QUando yo empezaba á estrenar las fortunas , los deleytes, las abundancias, las monerías y los dulcísimos agasajos con que lisonjean á un mozo mal entretenido y bien engañado los juegos , las come- dias , las mugeres , los vayles , los jardines y otros es- pectáculos apetecidos : y quando ya gozaba de los anto- jos
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jos del dinero , de las bondades de la salud , y de las li- gerezas de la libertad, poseyendo todos los ídolos 'de mis inclinaciones sin el menor susto , estorvo , ni mode- ración ; porque ni me acordaba de la justicia , las enfer- medades , las galeras , la horca , los hospitales, la muer- te , ni de otros objetos de los que ponen la tristeza , el dolor , la fatiga y otros sinsabores en el ánimo, salí de la Corte para entretexerme segunda vez en la nebulosa piara de los escolares, adonde solo se trata del retiro, el encogimiento , la esclavitud , la porqueria , la pobre- za y otros melancólicos desaseos , que son ayudantes conducentes á la pretensión y la codicia de los honores y las rentas. Vivia mal hallado y rabioso con esta inútil abstracción, y muy aburrido con las consideraciones de lo empalagoso y durable de esta vida , pero por no* fal- lar á mi palabra, ni á la manía de los hombres que juz- gan por honor indispensable el cautiverio de una ocu- pación violenta , en la que muchas veces ni se sabe , ni se puede cumplir, juré permanecer en ella contra todos los ímpetus de mi inclinación.
Desenojaba muchos dias á mis enfados, huyendo de las molestas circunspecciones del hábito talar á las anchu- ras y libertades de la aldea : trataba con agasajo , pero sin confianza , á los de mi ropage. Iba paladeando á mi desabrimiento con las huelgas del pais, los ratos que vacaba de mis tareas escolásticas, y en los asuetos mar- chaba á Madrid á buscar los halagos de las 'diversiones, en que continuamente se hundía mi meditación. Con estos pistos y otros muerdos que le tiraba al curso , fui pasando hasta que la costum.bre me hizo agradable lo que siempre me proponía aborrecible. Luego que entré en Salamanca hice las diligencias de leer a la C>átedra de Humanidad 5 y sabiendo que estaba empeñado en su
dec-
8 2 Vida , ascendencia , crianza , ^c. las verdades , que la que yo gobierno ; no obstante, en las causas tan propias se descuida insensiblemente el amor interesado. Pero, pues , este lance es el mas dig- no y mas honrado de mi vida , y no es oportuno soli- citar á otro Autor que lo escriba , lo referiré con la me- nor jactancia y vanagloria que pueda. A las nueve de la mañana luí á entrar en el General de Cánones de las escuelas mayores , y á esta hora estaban las barandillas ocupadas de los caballeros y graduados del pueblo, y los bancos tan cogidos de las gentes que no cabla una persona mas. En este dia faltáron todas las ceremonias que se observan indefectibles cicios. Los Rectores de las Comunidades Mayores y Menores , y sus Colegiales, estaban en pie en los va- cíos que encontraron. Los plebeyos y los escolares ya no cabían en la línea del patio frontero al Gene- ral , y los demas ángulos y centro estaban cuajados de modo que llegaba la gente hasta las puertas que salen á la Iglesia Catedral. El Auditorio seria de tres á quatro mil personas, y los oistantes , que no pedian oir, ni aun .ver, otros tantos. ISIunca se vio en aquella Universi- dad , ni en función de ésta , ni otra clase , un concur- so tan numeroso , ni tan vario. A empujones de los Mi- nistros -y Bedeles entré á esta h 'ra , condenado á estar expuesto á los ojos y á las murmuraciones de tantos, hasta las diez en punto, que era la hora.de empe- zar. Subí ala Cátedra , en la cjue tenia una esfera ai mi- liar de bastante magnitud, compases , lápiz , reglas y papel, para demostrar las do^.tiina‘^. Luego que sonó la primera campanada de las ditz , me levanté y sin mas arengas que la señal de la cruz , y un dístico a San- ta Cecilia, cuya memoria celebrábala Jgleda en aquel dia ; empecé á proponer los puntos que me habia da- do
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do la suerte; los que extendí con alguna claridad y be- lleza , no obstante de estar remotísimo de las frases de la latinidad. Concluí la hora sin angustia , sin turba- ción y sin haber padecido especial susto , encogimien- to , ni desconfianza ; al fin de la qual resonáron repeti- dos Víctores , infinitas alabanzas y amorosos gritos, durando las entonaciones plausibles , y la alegre gri- tería casi un quarto de hora : celebridad nunca escu- chada , ni repetida en la severidad de aquellos Gene- rales. Serenóse el rumor del aplauso ; y en la proposi- ción de títulos y méritos , que es costumbre hace?*, mezclé algunas chanzas ligeras ( que pude excusar )^pe- ro las recibió el Auditorio con igual gusto y agasajo. Argüyóme mi Coopositor ; y entre los silogismos se ofreciéron otros chistes , que no quiero referir , por repetidos y celebrados entre las gentes , y porque no encuentro yo con el modo de contar gracias mias , sin incurrir en el necio deleyte de una lisonja risible y una vanidad muy desgraciada. Finalizóse el Acto , y vol- vió á sonar descompasadamente la vocería de los Víc- tores ; y continuando con ella , me llevó sobre los bra- zos hasta mi casa una tropa de Estudiantes que asombra- ban y aturdían las calles por donde Íbamos pasando. Esta aceptación y universal aplauso hiz(»desmayar á mis enemigos en las diligencias de obscurecer mi estudio, y destruir mi opinión y mi comodidad. Pasados tres ¿lias tuvo su exercicio mi Coopositor : llenó su hora y quedó el Auditorio en un profundo silencio. Antes de poner el primer silogismo (mirando á la Universidad que estaba en las barandillas ) dixe , que me diese li- cencia para argüir fuera de los puntos ; porque no li^- bia leído á ellos el que estaba en la Cátedra : pues ha- biéndole tocado leer de los eclipses de la Luna , habla
