Chapter 5
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diando contra las razones y los aciertas de volver- me: pero quedé veneido, ó del temor á las reprehen- siones que se me proponían , ó de los consejos de mi bribón apetito; y rompiendo por los trabajos, cala- midades y miserias que me pintó de repente la con- sideración de mi cortedad y poca industria para bus- car la comida, me encaminé á Portugal, sin propo- néiseme descanso, parada, ni oficio á que me habia de poner.
Entré por Almeyda ; y por el camino iba discur- riendo parar en Braga , en donde residia un paisano, en cuya franqueza ya libraba mi antojo el sustento, el ocio y la diversión. Pasada la Ponte de Coba, en- contré á un Ermitaño , que habia algunos años que rodaba por aquel pedazo de tierra , que llaman los Portugueses detrás de os montes'^ y oliéndome éste en la conversación que emprendimos , y en Jos humos de mi bagage,que yo iba, como suelen decir, á bus- car la vida , me convidó con las solicitudes y mañas que él habia encontrado para sostener la suya. Pro- púsome el descanso, cpietud, libertad y provechos de la tablilla, la independencia de las gentes y peligros del mundo, los intereses y seguridades de la soledad y el retiro; y sus . ponderaciones, y unos trozos de pemil que se asomaban por las roturas de una alforja que lle- vaba su borrico, me arrastraron á probar la vida de San- tero. A ratos espoleando arena , y á veces subido sobre el burro caminaba yo con mi nuevo y primero amo acia las cuestas de Mundin , donde me dixo que tenia su habitación , y no léjos de ella la ermita que cuida- ba. Era el Ermitaño un hombre devoto , de buen juicio, desengañado, discreto, humilde, de corazón arrogante y liberal , y de un espíritu tan valiente , que nunca vio
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al miedo, ni entre la multitud, ni entre la soledad, ni entre las relaciones , ni los asombros. Fue en Barce- lona Guarda Mayor y Administrador de Rentas Rea- les, y fué el hombre temido entre las asperezas de Ca- taluña por su valor , su cortesía y su buen modo. Re- tiráronlo del bullicio del mundo las tiranías de una ingratitud: y cuerdamente piadoso consigo, temiendo las continuaciones y las cautelosas asechanzas que le habia empezado á poner la fortuna para derribarlo , se ocultó de sus reveses en las olvidadas situacicwies del despoblado. Libraba el sustento á los trabajos de su demanda , y ganaba el pan con escasa fatiga y dichosa recreación. Los ratos que le sobraban después de bus- car el alimento, los lograba rezando, leyendo y me- ditando con despejada ternura , dévota y atenta ale- gría. Venerábanle en todos los pueblos vecinos con hon- rados aprecios : y porque además de no ser enfadoso como los regulares demandantes, ni pedigüeño impor- tuno, sino un pobre garbosísimo y desinteresado, era cortesanamente apacible 'y muy gracioso en la conver- sación , la que seguía en qualquiera asunto de los ci- viles , limpia de adulaciones, hipocresías, embustes y necias lisonjas. Estuvo aprovechando la vida algunos años este venerable hombre en la quietud de la sole- dad , hasta que lo Sacó de ella una carestía y ham- bre común en aquellos países , á la que se siguió la pestilencia y la muerte de muchas personas y gana- dos. Llegó a guarnecerse á Salamanca, en donde tu- ve la honra y el gusto de verle segunda vez , y el consuelo de encontrarme m.énos loco , mas acomoda- do, y viviendo con alguna honra en el pueblo don- de nací. Viéndole viejo , fatigado é inútil para pro- seguir los afanes de la demanda, le rogué*que se que- da-
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dase hasta morir en mi casa : y habiendo aceptado un breve rincón de ella para su retiro, lo llamó Dios á otro apartamiento mas conforme, mas santo y mas oportuno para su costumbre y devoción. Llámase es- te humildísimo hombre Don Juan del Valle; vive hoy, y asiste en la portería de San Cayetano de Salaman- ca , en donde sirve de exemplo y alegría á quantos ven su afable y devoto rostro. Los Padres de este ob- servantísimo Colegio le aman , conocen y tratan con respeto cariñoso. Vive contentísimo, porque le dan la comida y el entierro. No ha querido recibir nunca di- neros , ni mas alhajas que alguna chupa , capa ó calzo- nes viejos , quando ha tenido gran necesidad de cubrirse. Yo le guardo un amor paternal, y una reverencia res- petosa , sin atreverme á hacerle mas ruegos que los que le encargo de que me encomiende á Dios.
, Llegamos á la ermita , y sacando de un arcon un saco viejo , capilla y alpargates , mandó que lo tro- case por mi ropa, lo que hice prontamente, y la guar- dó en el mismo parage donde habia sacado los ata- víos de Santero. Me encargó las obligaciones de ati- zar la lámpara , barrer la ermita y cuidar del borri- co: dióme un par de desengaños y muchos consejos, ios que remató con la saetilla de haz aquello que qui- sieras haber hecho quando mueras, y quedé un fantas- ma de beato tan propio , que me podia equivocar con el mas pagizo Padre del Yermo. Cobré con su presencia el rubor y la humildad que hablan arrojado de mi co- tazon los malos exemplos y mis cavilaciones. A su vista respiraba cobarde, confundido y respetoso. Le amaba y le temia con especial inclinación y cuidado. Trabaja- ba con gusto, y deseaba dárselo con todas mis ope- raciones ,y trabajos. Los ratos^ que me dexaban libres
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la lámpara, la escoba y el borrico, los entretenía le- yendo varios libros devotos, que repasaba muy á me- nudo mi padre Ermitaño. Y en estos oficios perma- necí quatro meses, sin haberme disgustado ni los re- cuerdos de mis travesuras, ni la mudanza de mis li- bertades á estas solitarias opresiones. Agradables con mis correspondencias, y satisfecho de mi conducta, me en- viaba á la recaudación de las limosnas mensuales con que le socorrían algunas personas aficidnadas á la ermi- ta y al Ermitaño. Tratábame con mucho amor y con total confianza; y ambos vivíamos contentos, paga- dos y dichosos, porque el trabajo no era mucho, la diversión bastante, la comida mas que moderada , y el descanso regular; porcpe la noche toda la pasába- mos en quietud y suspensión , sin mas fatiga que leer ó rezar dos horas, y dormir seis ó sietej Toda la re- paración de mi vida y la cobranza de mis perdidos ta- lentos había encontrado en la presencia , en el trato y exemplares acciones de este desengañado varón, y to- do me lo volvió á quitar mi desdicha , mi flaqueza y mi poco juicio. Descuidóse en relinchar un poco mi juventud , en una ocasión que habían venido i visi- tar el santuario .unas familias portuguesas estando au- sente mi amo y mi maestro : y medroso de que des- cubriese la incontinencia de unas licenciosas, indiferen- tes y equívocas palabras que le solté á una mucha- chuela que venia en la tropa, traté de huir de la as- pereza con que ya mé presumía reñido de la cordura de mi maestro-, y castigado del terrible rigor con que me pintaba á su semblante mi conocimiento , mi delito y su .prudente queja : y antes que se restituyese á la ermita, saqué mi ropa del arcon donde estaba depo- ’sitada, y dexando el reverendo saco,, marché acele-
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Sin el susto del encuentro que temía, y sin haber padecido mas descomodidades que las que por fuerza ha de pasar el que camina á pie y sin dinero, llegué' á la celebérrima Universidad de Coimbra. Presenté á mi persona en los sitios mas acompañados del pue- blo, y ensartándome en las conversaciones, persuadí en ellas que yo era Chímico , y mi primer exercicio el de maestro de danzar en Castilla. Contaba mil feli- cidades de mis aplicaciones en una y otra facultad. Mentía á borbollones , y la distancia de los sucesos y mi disimulo, y las buenas tragaderas de los que me oían , hiciéron creíbles y recomendables mis embustes. Confiado en las lecciones que habia tomado en Sala- manca del arte de danzar , y en unas recetas despar- ramadas de un Médico Francés que tenia en la memo- ria , me vendí por experimentado en uno y otro arte.
£1 ansia de ver el hombre nuevo ( que es general en todas gentes y naciones) me juntó alegres discípu- los, desesperados enfermos, y un millón de aclamacio- nes necias , hijas de la sencillez , de la ignorancia y del atropellamiento de la novedad. Yo sembraba unturas, plantaba xarabes, inxeria cerotes, y rociaba con toda el agua y los aceytes de mi recetario á los crónicos hipocondriacos , y otros enfermos impertinentes , raros y casi inculpables. Recogía el mismo fruto que los de- mas Doctores, sabios, afortunados y estudiosos, que era la propina , el crédito , la estimación , el aplauso y todos los bienes é inciensos que les da la inocen- cia y la esperanza de la sanidad. En órden á los su- cesos tuve mejor ventura , ó mas seguro modo para
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lograrlos favorables, que el Hypócrates ; porque á éste y quantos síguiéron y siguen sus aforismos y lecciones, sé les muriéron muchos de los que curaban , otros salían á puerto, y otros se quedaban con los achaques : de mis emplastrados y ungidos ninguno se murió , porque las recetas no tenían virtud para sanar, ni para hacer daño: algunos sanaban con la providencia de la naturaleza , y á los mas se les quedaba en el cuerpo el mal y la medi- cina , y la aprehensión les hacia creer algún alivio. Fui, no obstante mi necesidad , y mi arrojo é ignorancia, nn Empírico considerado, y mas prudente que lo que se podía esperar de mi cabeza y mis pocos años ; porque no me metí con enfermo alguno de los agudos, ni tuve el atrevimiento de administrar purgantes , ni abonar, ni maldecir las sangrías. Bien penetraba mi poca filoso- fía lo peligroso de estos , y lo poco importante de mis apósitos : y con esta seguridad y conocimiento vivía- mos , todos mis dolientes con sus achaques , y yo con sus alabanzas y dineros.
En la danza también tuve que trabajar; pero en ésta con mas satisfacción y sin ningún peligro ; porque era mas diestro en los compases , que los Médicos en sus curaciones , y -vivía fuera de las congojas de que me ca-. pitulasen de necio en el exercicio. A pocos dias era ya* la celebridad y conversación de los melancólicos , los desocupados y noveleros. Y con sus solicitudes y apre- hensiones , arribé á juntar algunas monedas de oro , bue- nas camisas y un par de vestidos , que me engalanaban, y prometían mi poco seso. La ridicula historia de unos indiscretos zelos de un destemplado Portugués , cuya infame sospecha es digna de que se quede enterra- da en el silencio y el olvido , me obligó á dexar á Coim- bra y tomar seguridad en la Ciudad de Oporto , adon- Parte L F de
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de me mantuve, gastando en figura de Caballero lo que había ganado en ocho meses á hacer cabriolas con los pies y las manos.
Aunque procuraba gastar el dinero con alguna die- ta , llegó el caso de aniquilarse mi caudal , y de ver- me en la congoja de elegir nuevo camino para bus- car la vida , con la que andaba de perdición en per- dición. No discurría en vereda , en que no contem- plase mil estorbos, enfados, opresiones y descomo- didades; y pareciéndome mas libre y mas holgazana la de Soldados, asenté plaza en el Regimiento de los Ultra- marinos en la Compañía de Don Félix de Sousa. Pagá- ronme razonablemente la entrada ; tomó un Sargento las señas de mi figura , con distinción bastante y menu- dencia , y le dixe , que mi nombre era Gabriel Gilberto: y con este fingimiento corrí la temporada que anduve vestido con la librea verde. El miedo á los palos , á Jas baquetas, al potro, y á los demas castigos con que se reprehenden las faltas menudas en la Milicia , me hizo cumplir exactamente con las obligaciones de Soldado. Queríame mucho mi Capitán, y yo le pagaba el carmo con singular respeto y pronta asistencia á quanto se le ofrecía. Trece meses estuve bastantemente gustoso en este exercicio , y me parece que hubiera continuado esta honrada carrera , si no me hubieran arrancado del ca- mino las persuasiones de unos Toreros hijos de Salaman- ca, que pasaron á Lisboa á torear en unas Fiestas Reales, que se hiciéron en aquella Corte. Facilitaron los medios de la deserción , ,disfrazándome con la xaquetilla , el sombrero á la chamberga , y los demas arnesesde la bri- bia : yo consentí ; porque auncpe vivía gustoso , desea- ba ver á mis padres , y los muros de mi Patria. En el Convento' de San Francisco de Lisboa me despojé del
Uni-
Del Doctor Don Diego de Torres, 43 Uniforme ; y vestido con las sobras de un Torero, lla- mado Manuel Felipe, me enquaderné en la tropa ; y juntos todos tomamos el camino de Castilla sin haber- nos sucedido acaso alguno digno de ponerse en esta Relación. Al paso que me iba acercando á Salamanca, iba creciendo en mi corazón el miedo y la vergüenza, y otros embarazos que me dificultaban la entrada á la ca- sa y la vista de mis padres. Nunca me resolví á que me viesen con la gentecilla con quien venia incorporado; V fingiendo con mis camaradas que tenia precisión de detenerme algunas semanas en Ciudad Rodrigo , me de- xiron como á una legua distante de Valde la Muía, libre del riesgo que amenazaba i mi vida , si me mantuviera en las posesiones de Portugal. Entré en Ciudad Rodri- go , y me volví á la ropa de Estudiante , prestándome por entonces , en la confianza de que lo pagarían mis padres , Don Juan de Montalvo , lo que era oportuno para ponerme delante de gentes de razón. Escribí á Sa- lamanca á varios intercesores , para que templasen el justo enojo de mis padres , y les persuadiesen lo desen- gañado que volvía de mis aventuras y delirios ; y el amor , la necesidad , y la consideración de los peligros á que me volvería á arrojar , y los ruegos de los interlocu- tores , me facilitáron con suavidad y con dulzura su cariño y acogimiento. Recibiéronme gustosos ; yo me eché á sus pies avergonzado, y con propósitos de no darles mas pesadumbres, y juré nuevamente mi obedie»- cia. Las raras gentes que traté en las ridiculas aventu- ras de Chímico , Soldado , Santero y Maestro de dan- za , el crecimiento de los años , y la mayor edad de la razón, me pasmaron un poco el orgullo; de modo, que ya tomaba algún asco á las desenvolturas y liberta- des , que había aprendido en la escuela de mi ociosidad,
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y en las materias de mis amigotes. Ya conocia yo que iban faltando de mi cerebro muchas de aquellas cavila- ciones y delirios , que me aguijoneaban á los disparates, y los despropósitos. Desam¡>arado , pues, mi seso de al- gunas turbaciones, y libre del mal exemplo de mis com- patriotas ( que ya faltaban todos de Salamanca) empe- cé una vida mas segura y menos rodeada de enredos, bufonadas y desvergüenzas. No fui bueno ; pero á ratos disimulaba mis malicias ; pero ya era un mozo mas tolerable , y ménos aborrecido de las gentes de buena crianza. Era atento y cortesano exquisitamente con los mayores y los iguales , y con esta diligencia , y la de mi serenidad fui ganando el cariño de los cjue an- tes me aborrecían con razón , y con extremo. Con estas disposiciones volví de Portugal á mi Patria ; las aventuras que fuéron sucediendo á mi vida las verá el que leyere ú oyere el tercer trozo que se sigue.
TROZO TERCERO
á
T>e la vida é historia de Don Diego de Torres : empieza desde ¿os veinte años , poco mas ó ménos , hasta los treinta sobre meses ménos ó mas.
POR desarmar de las maldiciones , de los apodos , y las chufletas con que han acostumbrado morder los satíricos de estos tiempos á quantos ponen alguna obra en el público ; por encubrir con un desprecio fin- gido y negociante mi entonada soberbia ; por burlar- me sin escrúpulo , y con sosiego descansado de la ene- mistad de algunos envidiosos carcomidos ; y por reirme finalmente de mí propio , y de los que regañan por lo que no les toca , ni les tañe y puse en mi cuerpo , y en
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mi espíritu las horribles tachas, y ridiculas deformida- des que se pueden notar en varios trozos de mis vulga- rísimos impresos. Muchas torpezas y monstruosidades están dichas con verdad, especialmente las que he de- clarado para manifestar el genio de mis humores y po- tencias ; pero las corcovas , los chichones , tiznes , mu- gres y légañas que he plantado en mi figura , las mas son sobrepuestas y mentirosas ; porque me ha dado la piedad de Dios una estatura algo mas que mediana , una humanidad razonable y una carne sólida , magra, enxu- ta , colorada y extendida con igualdad y proporción; la que podia haber mantenido fresca mas veranos que los que espero vivir , si no la hubieran corrompido los pestilentes ayres de mis locuras y malas costumbres. Pues para que sea verdad quanto se vea en esta historia ( que hoy tiene tantos testigos comp vivientes) pondré en este pedazo de mi vida la verdadera facha antes de proseguir con las revelaciones de mis sucesos, acasos y aventuras. Pintaréme conio aparezco hoy , para que el que lea re- baxe , añada y discurra como estaria á los veinte arios de mi edad. Yo tengo dos varas y siete dedos de perso- na ; los miembros que la abultan y componen tienen una simetría sin reprehensión : la piel del rostro está llena , aunque ya me van asomando acia los lagrimales de los ojos algunas patas de gallo ; no hay en él colori- do enfadoso, pecas, ni otros manchones desmayados. El cabello ( á pesar de mis quarenta y seis años ) toda- vía es rubio ; alguna cana suele salir á acusarme lo vie- jo , pero yo las procuro echar fuera. Los ojos son azu- les , pequeños y retirados acia el colodrillo. Las cejas y la barba bien rebutidas de un pelambre alazán , algo mas pagizo que el bermejo de la cabeza. La nariz es el solecisiiio , mas reprehensible que tengo en mi rostro,
