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Vida, ascendencia, nacimiento, crianza y aventuras del Doctor Don Diego de Torres Villarroel

Chapter 4

Section 4

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inteligencia de las facultades superiores. No pierde tiempo el que gasta tres ó quatro años entre los Ho- racios, los Virgilios , los Valerios y los Ovidios: en- tretanto crece la razón , se dilata el conocimiento , se madura el juicio, se reposa el ingenio, y se preparan sin violencia el deseo , la atención y la porfía para vencer las difícultades. Mas allá del uso. de la razón ha de pasar el que toma la tarea de los estudios. El silogizar no es para niños. Nada malogra el que se de- tiene hasta los quince ó diez y seis años entretenido en las construcciones de los Poetas. Hasta aquí hablo con los que han de seguir los estudios para ofício y para ganancia. Los que no han de comer de las fa- cultades , en qualquiera tiempo , edad y ocasión que las soliciten , caminan con ventura : porque es todo adelantamiento quanto emprenden , gracia quanto sa- ben, y virtud quanto trabajan.
Salí del pupilage detenido , dócil , cuidadoso y po- co castigado, porque viví con temor y reverencia al maestro. Gracias á Dios, no mostré entonces mas in- quietudes , que tal qual fervor de los que se perdo- nan con facilidad á la niñez. Fui bueno, porque no me dexáron ser malo; no fué virtud, fué fuerza. En todas las edades necesitamos de las correcciones y los castigos; pero en la primera son indispensables los ri- gores. Una de las mas felices diligencias de la buena crianza es , coger á los muchachos un maestro grave, devoto y discreto , á quien teman é imiten. Muchos mozos hay malos , porque no tienen á quien temer; y muchos viejos delinqüentes , porque están fuera de la ju- risdicción de los azotes. El maestro y la zurriaga debían durar hasta el sepulcro , que hasta el sepulcro somos ma- los ; y de otro modo no se puede hacer bondad con
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el mas bien acondicionado de los hombres. Los años, la prudencia , la honra y la dignidad son maestros muy apacibles, muy descuidados y muy parciales de nuestros antojos y apetitos; el zurriago es el maestro mas respetoso y mas severo , porque no sabe adular, y solo sabe corregir y detener. Murió pocos años ha el maestro de mis primeras letras, y lo temí hasta la muerte: hoy vive el que me instruyó en la Gramáti- ca , y aun lo temo mas que á las brujas , los hechi- zos , las apariciones de los difuntos , los ladrones y los pedigüeños, porque Imagino que aun me puede azo- tar : estremecido estoy en su presencia , y á su vista no me atreveré á subir la voz á mas tono que el re- gular y moderado. Ello parece disparate proferir que se hayan de criar los viejos con azotes como los niños; pero es disparate apoyado en la inconstancia , soberbia, rebeldía y amor propio nuestro , que no nos dexa has- ta la muerte. Ahora me estoy acordando de muchos sugetos, que si los hubieran azotado bien de mozos, y los azotaran de viejos, no serian tan voluntariosos y malvados como son. En todas edades somos niños y somos viejos, mirando á lo antojadizo de las pasio- nes: en todo tiempo vivimos con inclinación á las li- bertades y á los deleytes foragidos, y valen poco pa- ra detener su furia las correcciones, ni las advertencias. El palo y el azote tienen mas buena gente , que los consejos y los agasajos: finalmente en todas edades so- mos locos, y el loco por la pena es cuerdo.
Pasé desde mi pupilage al Colegio de Trilingüe, en donde me vistiéron una beca que alcanzó mi pa- dre de la Universidad de Salamanca. Fui examinado, como es costumbre, en el Claustro de Diputados de aquella Universidad; y según la cuenta, ó me suplié- ' D 2 ron
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ron como á niño , ó correspondí á satisfacción de los Examinadores , porque no me faltó voto. Empecé la ta- rea de los que llaman estudios mayores y la vida de Colegial , á los trece años , bien descontento y enoja- do, porque yo queria detenerme mas tiempo con el ' trompo y la matraca , pareciéndome que era muy tem- prano para meterme á hombre y encerrarme en la me- lancolía de aquel casaron. Estaba de Rector del Co- vlegio en la coyuntura de mi entrada un Clérigo vir- tuoso y de vida irreprehensible ; pero ya viejo, enfer- mo y aburrido de lidiar con los jóvenes que se crian encerrados en aquella casa. Sus achaques, la vegez y los anteriores trabajos lo tenían sujeto á la cama mu- chas horas del dia y muchos meses del año : y con esta seguridad y el. exemplo de otros Colegiales ami- gos del ocio, la pereza y las diversiones inútiles , iba insensiblemente perdiendo la inocencia y amontonan- do una población de vicios y desórdenes en el alma. Halléme sin guardián , sin zelador y sin maestro , y empezó mi espíritu á desarrebujar las locuras del hu- mor y las inconsideraciones de la edad con increíble desuello é insolencia. El gusto de mis padres y el apo- yo del Clérigo Rector me destináron para que estudiase la Filosofía ; y señalándome el maestro á quien había de oir, que fué el Padre Pedro Portocarrero , de la Com- pañía de Jesús , comencé esta carrera descuidado y ménos medroso , porque ya me consideraba libre de los castigos , dueño de mi voluntad , y señor absoluto de mis acciones y disparates. Acudía tarde é ignoran- te á las conferencias : miraba sin atención las leccio- nes: retozaba y reñía con mis condiscípulos (no obs- tante las reverencias de la beca colorada ) metíme á bufón y desvergonzado con los nuevos, y profesé de tru-
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han, descocado y decidor con todos, sin reservar las gravedades del maestro. Seguí en el aula á pesar de las correcciones, avisos y asperezas del Lector, este gé- nero de alegrías peligrosas; y en el Colegio continua- ba con mis compañeros otros desórdenes y libertades, que bastaron para hacerme holgazán y perdulario.
Huyendo muchos dias de la aula y no estudian-, do ninguno, llegué arrastrando hasta las ultimas qües-r tiones de la Lógica. Viendo el Lector que perdia el tiempo, y que no me emendaban los consejos ni me contenían las correcciones ni las amenazas, citó una tarde á mi padre y al Rector del Colegio, para ar- güirme, avergonzarme y reprehenderme en su presen- cia. Yo tuve noticia' de esta prevención por un con- discípulo ; y antes que llegasen á cogerme en la jun- ta , rompí delante del Lector los cartapacios que le había mal escrito, y le dixe con osada deliberación, que no queria estudiar. Apretóme en respuesta unas quantas manotadas , y mandó que me agarrasen los demas muchachos , los que me tuviéron asido hasta que llegáron el Rector y mi padre. Metiéronme á em- pujones en un apartamiento de la sacristía , que lla- man la trastera , y allí me hiciéron los cargos y las datas. Aconsejábanme á voces , y advertíanme á gri- tos : yo recogia de mala gana los unos y los otros. Hice el sordo, el sufrido y el emendado: y después que salí de sus uñas, hice también el propósito de no volver á la aula; y como era malo, lo cumplí puntualmente. Y éstas han sido todas las Lecciones, los Actos, los Cur- sos y los Exercicios que hice en la Universidad de Sala- manca. Unos retazos lógicos muy mal vistos fuéron to- dos los adornos y elementos de mis estudios. Consi- dere el que ha llegado hasta aquí leyendo, la mate-
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ria de que se hacen los Doctores y los hombres que escriben libros de moralidades y doctrinas, y verá que la necedad del vulgo y la fortuna particular de cada uno tienen en su antojo la mayor parte de sus con- veniencias , sus créditos y sus exáltaciones. Yo sé de mí, que gozo un vulgar ingenio, desnudo de la en- señanza, la aplicación, los libros, los maestros , y de todo quanto debe concurrir á formar un hombre me- dianamente erudito : y me han cacareado las obras y las palabras á pesar de mis confesiones , mis rudezas, mis descuidos , y las continuas burlas y desprecios con que les he satirizado. Arrimé desde este suceso la ló- gica , y cogí nuevo horror á las cien:ias , de modo que en cinco años no volví á ver libro alguno de los que se rompen en las Universidades. Las novelas, las comedlas y los autores romanos me' entretuviéron la ociosidad y el retiro forzado ; y estos me dexáron des- cuidadamente en la memoria el tal qual estilo y ex- presión castellana con que me bandeo, para darme á entender en las conversaciones , los libros y las cor- respondencias.
Hundido en el ocio y la inquietud escandalosa , y sin haberme quedado con mas obligación que la de asistir á la Cátedra de Retórica , que era la advoca- ción de mi beca , proseguí en el Colegio , sufrido y tolerado de la lástima y del respeto de mis pobres pa- dres. En este arte no adelanté mas que la libertad de poder salir de casa , y algún bien que á mi salud le pudo dar el exercicio. Era el Catedrático el Doctor Don Pedro de Samaniego de la Serna : los que cono- ciéron al maestro y han tratado al discípulo , podrán discurrir, lo que él me pudo enseñar y yo aprender. Acuérdome que nos lela á mí y á otros dos. Colegia-
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les por un libro castellano ; y éste se le perdió una niañana viniendo á escuelas: puso varios carteles, ofre- ciendo buen hallazgo al que se lo volviese. El papel no pareció , con que nos quedamos sin arte y sin ' maestro, gastando la hora de la Cátedra en conver- saciones , chanzas y novedades inútiles y aun dispara- tadas. Los años me iban dando fuerza, robustez, gus- to y atrevimiento para desear todo llnage de enredos, diversiones y disparates, y yo empecé con furia im- placable á meterme en quantos desatinos y despropó^ sitos rodean á los pensamientos y las inclinaciones de los muchachos. Aprendí á baylar, á jugar la espada y la pelota , torear , hacer versos , y paré todo mi ingenio en discurrir diabluras y enredos , para librar- me de la reclusión y las tareas, en c]ue se deben em- plear los buenos Colegiales de aquella casa. Abría puer- tas , falseaba llaves, hendía candados, y no se esca- paba de m.is manos pared , puerta , ni ventana , en donde no pusiese las disposiciones de falsearla, rom- perla ó escalarla. Era grave delito en mi tiempo rom- per de noche la clausura , y tomar de dia la capa y ja gorra : y todas Jas noches y los dias quebrantaba á rienda suelta estos preceptos. Mi quarto mas pare- cia garito de ladrón, que aposento de estudiante; por- que en él no habia mas que envoltorios de sogas, es- padas de esgrima , martillos , barrenos y estacones. Di en hurtar al Kector y Colegiales las frutas, los cho- rizos y otros repueitos comestibles, que guardaban en la despensa y en sus qiiaitos. Gracias á Dios que me contuve en ser ratero de estas golosinas , porque los deseos de enredar , reir y burlarme eran desespara- dos , que fué providencia del cielo no acabar en vi- cio execrable, lo que empezó por huelga tolerada. Las
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trazas , las Ideas y las invenciones de que yo usé pa- ra hacer estos hurtillos, y abrir las puertas para huir de la sujeción y la clausura^, no las quie_ro declarar , por- que el manifestarlas , m-as seria proponer vicios que imitasen los lectores Incautos , que referir pueriles tra- vesuras. Lo que puedo asegurar es , que en las vidas de Dominico Cartuxo , Pedro Ponce y otros ahorca- dos no se cuentan ardides, ni mañas tan extravangan- tes , ni tan risibles , como las que Inventaba mi ocio- sidad y mi malicia. En la memoria de mis coetáneos duran todavía muchos sucesos, que se recuerdan mu- chas veces en sus tertulias. El que los quisiere saber, acuda á sus noticias , que las relaciones pasageras de una conversación no dexa tan perniciosos deseos en los espí- ritus, como las que introducen las hojas de un impreso.
Acompañábanme á estas picardigüelas unos amigos forasteros y un confidente de mi propio paño , tan re- voltosos , maniáticos y atrevidos los unos como los otros. Gallo sus nombres, porque ya están tan emen- dados, que unos se sacrificaran á ser Obispos y otros á Consejeros de Castilla, y no les puede hacer buena sombra la crianza que tuvieron conmigo treinta años ha. En todo quanto tenia ayre de locura, desquaderno ■y disolución ridicula , nos hallábamos siempre muy uni- dos , prontos , alegres y conformes. Hicimos compa- ñía con los toreros ; y amadrigados con esta buena gente , fuimos indefectibles alegradores en las novilla- das y torerías que son freqüentes en las aldeas de Sa- lamanca. Profesé de Xácaro, y me hice al trage, al idioma y á la usanza de la picaresca con tal confor- midad, que mas parecía hijo de Pedro Arnedo , que de Pedro de Torres. Para todos los desconciertos de los que siguen. tan licenciosa y ayrada vida tuve dispo-
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siciones en mi genio y en mi salud: y ménos el vi- no (que hasta ahora no lo he probado) y el taba^ co de hoja, todos los demas vicios que componen un desvergonzado gaitero los miraba y padecia en el úl- timo grado de la disolución. Pasaba en el desorden de los viages y en el matadero muchos dias : y por la noche era el primer convidado á- los bayles , los saraos y las bodas de todas castas. Entretenía á los cir- cunstantes con la variedad de muchas bufonadas y ton- terías, qué se dicen vulgarmente habilidades, y aven- tajaba en ellas á quantos concurrían en aquellos tiem- pos al reclamo de tales holgorios y funciones. Dis- frazábame treinta veces en una noche , ya de vieja, de borracho, de Amolador Francés, de Sastre, de Sacristán, de Sopon , y me revolvía en los primeros trapos que en- contraba , que tuviesea alguna similitud á estas figu- ras. Representaba varios versos, que yo componía á este propósito , y remedaba con propiedad ridiculamen- te extraordinaria los modos, locuciones y movimien- tos de éstas y otras risibles y extravagantes piezas* Tenia bolsa de Titiritero , y jugaba con prontitud y disimulado las pelotillas , los cubiletes y los demas trastos de embobar los concursos. Acompañaba con la guitarra un gran caudal de tonadillas graciosas y singulares , y danzaba con ligereza y con a y re toda la escuela es- pañola, ya con la castañeta, ya con la guitarra, ya con la espada y el broquel , dando sobre estos tras- tos variedad y multitud de vueltas , que no me pu- do imitar ninguno de los mancebos que andaban en- tonces en la maroma de las locuras, deseosos de pa- recer bien con estas gracias, habilidades ó desenfados. Finalmente, yo olvidé la Gramática, las Súmulas, los miserables elementos de la Lógica que aprendí á trom- Parte L v E pi-
34 Vida, ascendencia y crianza y picones , mucho de la Doctrina Chrhtiana , y todo el pudor y encogimiento de mi crianza ; pero salí gran dazante , buen toreador , mediano músico y refinado y atievido truhán.
Revuelto en estas malas costumbres y distraccio- nes, gasté cinco años en el Colegio, y al fin de ellos volví a la casa de mis padres. Un mes poco inas es- tuve en ella mal contento con la sujeción , atemori- zado del respeto y escasamente corregido. Pero «á pe- sar de los gritos que me daban mis camaradas , y de los llamamientos de mis inclinaciones traviesas, vivia mas contenido y retirado. Leia, por engañar a'l tiem- po y entretener la opresión , tal qual librillo de los que por inútiles se habian quedado del remate y des- barato de la tienda de mis padres: y especialmente me deleytó con embeleso indecible un tratado de Ja esfera del Padre Clavio,,que creo que fué Ja primera noticia que habia llegado á mis oidos de que habia ciencias Matemáticas en el mundo. Algunas veces á hurtadillas de la vigilancia de mis padres y de mi obediencia, hice algunas salidas y escapatorias, que se ordenaban á correr las cazuelas y cubiletes de las pas- telerías, á hurtar las copiosas cenas de la Capilla de Santa Bárbara , á introducirme con mis ümigotes en las casas de qualquiera de los barrios extraviados don- de sonaba el panderillo ó la guitarra , y á hacer bur- las, embelecos y bufonadas con todo género de gen- tes y personas. Desde este tiempo tomáron tal mie- do a estos hurtos , y tan soberbio temor á los palos y pedradas que se levantaban entre hurtados y ladro- nes , que los Graduados y Ministros de la Universi- dad, por acuerdo suyo., repartían las cenas á las tres de la tarde, quedándose solo con los huevos, el xi-
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gote y la ensalada, para cumplir con la ceremonia y el hambre de la noche. Omito el referir y particula- rizar las trazas y espantajos, de que nos valíamos pa- ra lograr las presas , por no hacer mas prolixa esta historia, y por no recordar con las relaciones los sen- timientos y los enojos de muchos que hoy viven de los que padeciéron tan pesadas burlas. Parecíale á m¡ espíritu , que eran pocas y muy llenas de susto las li- bertades que se tomaba mi industria escandalosa, apro- vechándose del sueño , el descuido y las ocupaciones de mi padre , y traté en mi interior de entregarme á todas las anchuras y correrías , á que continuamente estaba anhelando mi altanero apetito. Precipitado de mis imaginaciones , una tarde que saliéron al campo mis padres y hermanas, y quedé yo en casa apode- rado de los pocos ajuares de ella , tomé una camisa, el pan que pudo caber debaxo del brazo izquierdo, y doce reales en calderilla , que estaban destinados pa- ra las prevenciones del día siguiente; y sin pensar en paradero , vereda ni destino , me entregué á la ma- jadería de mis deseos, y á la necedad de la que llaman buena ventura; y una y otra, acompañadas de la sol- tura de mis pies, me pusiéron aquella noche en Cal- zada de Don Diego. Tomé posada en las gavillas de las eras; tumbado entre las pajas, empecé á sacar pe- llizcos á la provisión que llevaba en la maleta de mi sobaco , y con el pan en la boca me agarró un sue- ño apacible y dilatado. Dormí hasta que el sol me caldeó los hocicos con alguna aspereza , y desperté arrepentido de haber- dexado la acomodada pobreza de la casa de mis padres, por la cierta desgracia dcl que camina sin conocimiento y sin dinero. Estuve un breve rato , miéntras me sacudía de la pajas , li-