Chapter 11
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sus rencores y nuestras pesadumbres ) que con las he- ridas frescas partiese quexoso á informar al Presidente de Castilla. Así lo hizo el buen Sacerdote , y marchó colérico sanguino con las dos faltriqueras en los cas- cos , y ante su Tribunal dlxo , que aquellas heridas se las habla Impreso Don Juan de Salazar ; y añadió ( fal- samente ) que Don Diego de Torres habla tenido la culpa. Este es todo el hecho público , y esta es la his- toria que se cantaba en aquel tiempo. Los anteceden- tes motivos y crueles asechanzas que pusieron a Don Juan en la precisión de examinar ciertas osadías del herido, y otras diligencias de sus alianzas , quedarán en- cubiertas hasta el fín del mundo. Lo que yo aseguro ahora que estoy libre , y por la misericordia de Dios perdonado de las sospechas en que impusiéron al áni- mo piadoso del Rey , es , que no consentí la menor tentación, ni tuve la mas leve culpa en órden á las estocadas del Clérigo , ni hablé jamas ni en chanzas ni en veras , ni con la insinuación, ni con el deseo en semejante asunto : y en todos los ardides , proban- zas y juramentos con que intentó la malicia destruir mi fidelidad , mi honor y buena correspondencia , juro por mi vida que fuéron falsos ; y esto juraré á la hora de mi muerte. Deseo con ansia sacar á mi discurso de este atolladero : crea el lector lo que gustare , y véngase conmigo á saber ( si le agrada ) lo que ya puedo decir con verdad', con descanso , sin peligro y sin ofensa.
Los que tomáron el corage , la voz y los poderes del herido , diéron cuenta al Rey , probando el deli- to sin nuestra confesión , exámen ni disculpa ; y teme- rosos de que la providencia regular nos pusiese en pri- sión , salimos de Madrid al esquileo de Sontoso y tres Casas , en donde esperamos ocultos la resolución de
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la consulta. Llegó como mala nueva , breve y com- pendiosa sin haber padecido la mas leve detención en el viage desde Sevilla (donde estaba á esta sazón la Corte ) hasta el Real Consejo. Contenia el Real Or- den pocas palabras : porque solo mandaba que por ciertas causas fuese Don Juan de Salazar por seis anos al presidio del Peñón , y Don Diego de Torres extra- ñado sin término de los Dominios de España. Nos dio esta buena noticia el Clérigo caritativo de la cabeza rota , que á un tiempo le hacia su buen corazón par- cial con el arrepentimiento de la injuria y la venganza, y con la enemistad furiosa de nuestros contrarios y enemigos. Antes que las diligencias judiciales nos en- contrarán donde pudiesen notificarnos el Real Decre- to , huimos aconsejados del temor y la reverencia del Esquileo de Sontoso , con la deliberación de no pa- rar hasta la Francia. El dia 12 de Mayo á las dos de la tarde salimos del expresado lugar á caballo ; y con el alivio de seiscientos doblones y dos criados que nos servian con puntualidad y con cariño. Llegamos al ano- checer á la Granja del Paular de Segovia donde nos re- galó y consoló tres dias el V. Padre Don Luis Quilez, Procurador de aquella silenciosa Comunidad de vivien- tes bienaventurados. Dadas desde allí todas las preven- ciones é industrias para lograr los avisos y las cartas que informasen de nuestra vida y nuestros negocios; y advirtiendo á los criados que nos tratasen como ami- gos y camaradas , trocados los nombres el de Don Juan de Salazar en Bernardo de Bogarin , y el mió en Ma- nuel de Villena , tomamos la bendición de aquellos en- terrados Religiosos , y nuestra derrota con alguna me- lancolía , pero felizmente conformes con los trabajos y el paradero con que nos tenia amenazados el odio
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y la fortuna. Enderezamos nuestro destino á la Fran- cia ; eran las Ermitas y Conventos de Frayles nuestro refugio , sagrado y abrigo ; y quando estos lugares no se proporcionaban á la regularidad de las jornadas , se disponía el rancho en las campañas , y sobre la tierra de Dios que estaba bien mullida de las lluvias, asentába- mos los catres , los aparadores y los repuestos que lo eran las mantas y albardones de nuestros caballos que iban bien almidonados de mataduras y costrones. Los avisos Leqüentes que nos diéron en la Corte de que hablan salido en nuestra solicitud varias requisitorias, encargando á los Intendentes , Corregidores ó Alcaldes de qualquiera pueblo que nos aprisionasen y detuvie- sen en el lugar donde pudiésemos ser habidos. En los mesones , en los Conventos y otros parages en donde nos cogia el medio dia , la noche y la gana de comer, se mezclaba nuestra astucia y curiosidad en la conver- sación de los peregrinos , los arrieros y otros concur- rentes , preguntando qué habla de nuevo en Madrid. Y entre las novedades salla al punto á danzar nuestra tra- gedia. Murmurábamos de nosotros mismos con quah- tos se nos ponían delante. Afeábanse las ligerezas de los hechos : maldecíanse los escándalos de los delin- qüentes , y se glosaba sobre el asunto con libertad ex- traordinaria. Nosbtros atizábamos, con disimulo impor- tante, el fuego de la murmuración y especialmente quando el relator era algún crítico aficionado á la po- ca caridad , ó algún hipócrita de los que quitan los cré- ditos por amor de Dios , y las honras por el bien de las almas. Divertía mucha parte de nuestros sustos y desvelos este juguete , y la ridicula variedad con que oíamos referir nuestra lastimosa historia. Unos asegu- raban que nos viéron ahorcados j otros que ya comía- mos
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mos el bizcocho de munición en las alucemas ; y muchos se mantenían en la verdad de nuestra fuga. El suceso se contaba en cada sitio de diferente modo y substancia. Decíase por unos que una dama princi- pal era el agente y motivo de nuestra desolación ; por otros que una comedia satírica representada contra el Gobierno ; y los mas aseguraban que por haber muer- to á un Cura y herido á otro : y á estas mentiras las rodeaban de unas circunstancias tan infames é impo- sibles que mas nos producían la risa que el enfado. La ignorancia de nuestras personas puso también á mu- chos en una curiosidad aventurada , y á nosotros en nuevos y evidentes peligros. En Burgos nos mercaron por Era y les apóstatas , porque en un Convento de aquella Ciudad nos oyéron argüir en Filosofía y Teología ; y como esta acción era extraña del trage corto y picaresco que elegimos para disimularnos , se persuadiéron los oyentes á que nuestro estudio y mo- destia no podia salir de otro lugar que de los claustros religiosos. Entre los que no nos trataban pasábamos plaza de Contrabandistas , gobernando su presunción por los informes del vestido , del gesto y de las armas. La pesadumbre con que caminábamos no era mucha; porque la esperanza de que llegarla ( aunque tarde ) el conocimiento de mi inocencia , y el perdón de la des- templanza de mi amigo ; el gusto de ir viendo países nuevos y gentes no tratadas ; el alivio de los seis- cientos doblones que llevábamos en nuestros bolsillos y los buenos caballos que nos sufrían y autorizaban, nos iban templando la mayor prolixidad de nuestras penas , enojos y fatigas. No quiero poner aquí el mon- tón de angustias que padecimos a ratos en nuestro via- ge, ya producidas del miedo de no dar en una prisión,
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ya del cuidado que nos acosaba el espíritu con la memoria de nuestras casas y familias , porque no se me aburran los lectores con Ja vulgaridad de la rela- ción de unos lances tan indefectibles que se los pue- de presumir el mas rudo: imagínelos el que lea y que- dará ménos enojado con su discurso que con la torpeza de mis enfadosas expresiones.
Llegamos á Bayona de Francia : y en esta Ciudad nos detuvimos algunos dias esperando en las cartas los consuelos de alguna serenidad y arrepentimiento de los conjurados que se habían enardecido contra nuestra quietud. Nos certificaron los avisos de los Agen- tes de Madrid el mal estado de nuestra libertad , y las pocas esperanzas que por entonces podíamos tener en orden á reconciliarse los ánimos de los unos y los otros : y mi amigo que llevaba al cuidado de su dis- creción las resoluciones de las dos voluntades , deter- minó que al punto partiésemos á París. Halló pronta mi obediencia , mi amistad y mi gusto ,* y al dia si- guiente marchamos persuadidos á que el favor del Señor Marques de Castelar , que se hallaba Embaxador de España en aquella C^rte , seria el único medio y remedio contra las adversTdades que nos empezaban á perseguir. Reconociendo con puntualidad las Ciudades, Caserías y Villages intermedios , llegamos á Burdéos, en donde nos encontró un criado de Don Juan que traia cartas mas recientes que las que recibimos en Bayona. Tuvo con ellas la mala novedad de que le habian embargado sus bienes, y que los enemigos ade- lantaban á tal extremo sus rencores que habian irri- tado sumamente á los Jueces ; y por último le per- suadían á volverse á España á presentarse á la Justicia: porque éste solo era el único modo de volverse á su Parte L N ha-
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hacienda , casa y opinión. Con este aviso y este con- sejo mudó el propósito de continuar las jornadas á París , consultando conmigo sus deliberaciones : y co- mo yo no me habia quedado con mas obligación , ni mas voluntad que la de conforme á sus ideas , asentí en ésta sin la menor repugnancia ni disputa. Cargá- ron scbre Don Juan todas las resoluciones y las dili- gencias judiciales \ porque como era público que mis muebles no podian valer para p^gar un Alguacil , ni mis raizes para satisfacer un pedimento , ni mi per- sona podia ser útil sino para añadir un estorbo á la cárcel , y un comedero mas á la Cofradía de la Mise- ricordia , no se acordaron de ella para nada. Don Juan, embargado , y yo sin embargo nos volvimos desde Burdeos para España con el dolor de las malas nue- vas de nuestra libertad , y con el sentimiento de no ver á París adonde nos guiaba aun mas el gusto que la esperanza de nuestros alivios. A entender en los medios, y las astucias de no ser sorprehendidos de las Rondas de las Aduanas, á cuya estratagema y desvelo estaba cometida nuestra prisión; y á imprimir los. dos memoriales de que ya hice memoria en los párrafos antecedentes , paramos segunda vez en Bayona. Desde allí remitimos á Sevilla ( donde á esta sazón estaba la Corte) trescientos memoriales á diferentes Señoras, Señores , Ministros y Agentes , para que solicitasen el buen despacho de nuestras súplicas , que todas se en- caminaban á que el Rey nos oyese en justicia, y que se nos examinase en el Tribunal que su piedad y su rectitud se dignase de elegir. La resulta fué que á Don Juan se le oyese en justicia : y mi nombre no pare- ció para nada en el Decreto. Disfrazados en el trage de Arrieros ( que ésta fué la resolución que pensamos
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del Docíor Don Diego de Torres. 99 por oportuna para escaparnos de las Rondas ) con los vestidos de unos Mercaderes de Fuentelaencina , que casualmente tropezamos en Bayona , salimos de ella capitulando llegar á un tiempo mismo á su lugar , y satisfacer en las Aduanas los derechos que se pagan al Rey por los géneros extraños. Ellos ga^lanamente ador- nados con nuestros vestidos y caballos , y nosotros sor- bidos en unos coletos mugrientos , en mangas de ca- misa, con los botines abigarrados , la vara en el cinto, gobernando los ramales de seis mulos , y gruñendo votos y porvidas , nos desaparecimos de Bayona por diferentes carriles , sin mas diferencia que una hora de tiempo. Fuimos pasando por los lugares donde paraban las Requisitorias : nos encontramos muchas veces con las Rondas , y ninguno de los Jueces ni de los Guardas nos pudo descubrir ni aun sospechar ; porque es cierto que Íbamos discretamente disfrazados. Con dos horas de diferencia ( sin habernos acaecido aventura singu- lar en el viage ) llegamos á Fuentelaencina , entregamos los machos , los géneros y la cuenta , y dimos mediana razón de nuestras personas, y muchas gracias á los Mer- caderes. Despedidos de ellos , discurrió mi amigo en que el medio mas seguro para empezar á tratar de nues- tro negocio era el dividirnos ; en esto quedamos , y Don Juan se cargó con el cuidado de asistir á mi ma- dre y darla quinientos reales cada mes ; lo que cumplió como caballero y hombre de bien , que sabia mi ino- cencia , y la injusticia que los enemigos me habian he- cho en quitarme la opinión , la comida y la libertad. Engendró en los contrarios algunos zelos esta libera- lidad ; pero sepan los que hoy viven que después que volví de mi destierro á mis honores y á mis convenien- cias , pagué á Don Juan toda la cantidad con que su
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garboso genio remedió la desventura en que mi ma- dre quedaba : y aunque no lo dio con el fin de la co- branza , yo lo recibí con el deseo de la satisfacción.
Tristísima mente desconsolados sin acertar con las palabras de la despedida , ni con las voces de los con- suelos , nos dividimos tomando Don Juan el camino de Madrid y ye el de Salamanca. Apénas llegó se presen- tó en la cárcel de Corte , y desde ella le colocáron en el Convento de San Felipe el Real , donde hizo judicial- mente una declaración horrorosa y verdadera de to- dos los hechos : y vista por los Señores del Real Con- sejo de las Ordenes , de quienes era súbdito por ser de- linqíiente Caballero dé la Orden de Santiago., fué ab- suelto de los seis años del Peñón , y nuevamente sen- tenciado á un año de residencia en el Convento de Uclés de la misma Orden. Mientras Don Juan estaba padecien- do los enfados de los interrogatorios , las comisiones de los Alguaciles , los consejos de los impertinentes y la reclusión en aquella venerable casa , estaba yo pa- seando las calles de Salamanca lleno de dudas y sos- pechas , disponiendo la conformidad á quanto me qui- siese remitir la providencia , la desgracia ó la fortuna. Un mes estuve en esta suspensión sin que mi Xefe el Maestre-Escuela , ni el Corregidor del lugar , ni otra ninguna persona me hablase una palabra en órden á mis aventuras. Llegué á persuadirme que estaría perdo- nado , ó á que fué ficción de mis enemigos la voz tan válida y acreditada dcl destierro ; y una mañana, quan- do mas olvidado vivia yo de mis desgracias , se en- tró por mis puertas el Alcalde mayor Don Pedro de Castilla , y me notificó la órden del Rey , en que su Ma- gostad se dignaba de que fuese extrañado de sus do- minios. Salí en aquella tarde con dos Corchetes y un
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del Doctor Don Diego de Torres, loi Escribano , y en treinta horas me pusiéron en Portu- gal sujeto á las leyes del Señor Don Juan Quinto , el jus- ticiero y piadoso Monarca de aquel breve mundo. Ya tengo escrito este pasage en la Dedicatoria al Exce- lentísimo Marques de la Paz en el Pronóstico del año de mil setecientos treinta y quatro : acudan á él los cu- riosos 5 pues es molestia demasiadamente enfadosa re- petir en estos pliegos lo que ya tengo escrito en otras planas. Hallé gracias á Dios en *los políticos y los rús- ticos de aquel Reyno piadosísimas atenciones , dádivas corteses , lástimas graciosas y una caridad impondera- ble. Ni en el escrupuloso genio de los Portugueses, ni en la delicadeza de mi estimación produxo el mas leve perjuicio el mal olor de delirqüente con que ya estaban apestados , ni el contagio de infame con que me presenté á sus ojos llevando sobre mí el sayo de capitalmente con- denado. Recibiéronme , gracias á Dios , con un gozo y un agasajo que jamas pude presumir. Rodando las Al- deas, Caserías y Ermitas cercanas á las hermosas Ciuda- des de Coimbra, Villa-Real y Lamego , andube quatro meses bien divertido , y regalado en las casas de los Curas , los Fidalgos , los Jueces , los Médicos y otras personas de gusto y conveniencias. Repasaba muchos ratos felizmente gustoso con* la memoria , y la narra- ción de mis anteriores aventuras , quando me viéron aquellos montes con el ropon de Ermitaño. Los re- cuerdos del dichoso Don Juan del Valle eran fre- qüentes asuntos de las conversaciones , siendo gozo de los que le tratáron , y fatiga bien empleada de los que no lo conociéron la repetición de sus virtudes escon- didas. Parlaba con los Abades y los Hidalgos instruidos (deque hay abundancia en aquel Reyno ) de los Sis- temas de la Filosofía reciente : componíamos el mun- do
